24.11.12
Vieja
Hay momentos en los que los años te caen encima como un tsunami. Literal, y figuradamente. Literal, la última vez que le solicité un milagro al estilista de cabellos (nótese la diferencia con "peluquero") de mi cuadra, y terminé igual que mi madre. Que si bien es una mujer de gran prestancia, tiene treinta años más que yo. Y digo "de mi cuadra" y no "de mi barrio", porque en mi barrio hay un salón de belleza por cuadra.
Y figuradamente, la última vez que fui a bailar a un lugar fácilmente calificable, distinguible por las masas y habilitado por el gobierno de la ciudad para ese fin, como boliche. Era un cumpleaños de un compañero de la facultad que me resulta sumamente agradable, por lo que decidí que su persona ameritaba un esfuerzo de mi parte. Así las cosas, descolgué de mi armario la personalidad que llevo cuando salgo por las noches de cachengue, la combiné con maquillaje, atuendo y peinado al tono, y allá partí.
Luego de un rato de colectivo lleno de gente que también se iba de cachengue, llego a ese lugar inminentemente infame, y al instante me empiezan a agarrar ataques de adolescencia malos. Porque la adolescencia es como el colesterol: la hay buena, la del descubrimiento del universo nocturno, fauna masculina, alcohol, amigos y porros. Y también la hay mala: la del descubrimiento del universo nocturno, fauna masculina, alcohol, amigos y porros. Espero que sepan apreciar el delicado matiz que las separa. En fin, como decía, estaba retorciéndome interiormente producto de la remembranza, cuando llego al lugar y se me informa que, faltando cinco minutos para el límite de entradas gratis (3 AM), "ya cerramos las listas, chicas", y había que pagar. Adiós a mis magros dineros destinados al alcohol.
No conformes con expoliar mi billetera, entro y me encuentro con una marejada de gente sudada que se movía frenéticamente. Y digo marejada porque iba y venía, dejando algún resabio en forma de borracho en galán mode on, que aparentemente leía en mi cara algo parecido a una necesidad de compañía, y evidentemente este ser se sentía capacitado para proveerme con la misma. Y nada, yo tengo algunos problemitas, uno de ellos es que me molesta que invadan mi espacio vital*. Me molestan profundamente los rituales de levante, todos ellos, en cualquier momento o lugar, pero especialmente me fastidian si una mitad está algo... desinhibida.
Para ese entonces, ya la personalidad de cachengue había vuelto al placard, y la de todos los días había tomado su lugar. Una horrorosa música de cumpleaños de quince sonaba de fondo. Recital de Damas Gratis, mujeres entaconadas sin control sobre sus prótesis, y unos cuantos pisotones después, sobria por obligación, hastiada, aburrida de los señores cuyo interés por mí exhalaba un tufillo... digamos, etílico, decidí que era hora de volverse a dormir. Y nada, esas cosas de la vida, recuerdo que a los diecisiete esto tampoco me gustaba, pero tenía que tolerarlo para así encontrar mi lugar en ese sistema de castas rígidas que es el secundario. Y ahí no tenía escapatoria. Y mientras pensaba que más me valía haberme quedado en casa mirando un bodrio romántico hollywoodense en TV por cable, o perdiendo el tiempo en la internés, o molestando a quienquiera que estuviera delante, me alegré de ser una vieja.
*Sé que el argumento es de corte hitleriano, pero deben recordar que el lo usó para invadir Polonia. Evidentemente, él tenía poco espacio vital. A mí con el que me asignaron me alcanza.
7.9.11
Dime qué carrera de Exactas estudias...
Biología: "Aaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyy, qué lindo. Seguramente te encantan los animales, ¿no?" (Los detesto, pero las células están bárbaras)
Computación: "Uuh, que grosso... Ah, ya que estás, vos que entendés, estoy teniendo un problemita con un virus que se me metió hace poco, y el Windows está andando fatal, ¿no le echarías un ojo?" (¿Windows? No, ni idea)
Física: "Ah (mirada de "te compadezco/estás demasiado loco, alejate de mí"), ¿pero los que estudian eso no están todos un poquito locos? Digo" (¿Un poquito? Somos ALTOS locos, sabelo. Y peligrosos. ¿Viste la Máquina de Dios y la gilada esa de que se iba a acabar el mundo? Bueno, eso es un experimentito de físicos -inserte aquí mirada de locura amenazadora y mantener hasta que el indeseable se haya retirado)*
Geología: "Ah, pero ustedes se la pasan afuera mirando piedritas" (¿Envidia?)
Matemática: "¿Y qué vas a hacer cuando te recibas? ¿Dar clases en colegios?" (¿A vos te parece que me voy a fumar 6 años de carrera para eso?)
Química: "Uy, qué divertido, así con tubos de ensayo mezclando cosas, y haciendo líquidos de colores, y con el guardapolvo y pelos locos, así bien mad scientist" (Sí, exactamente. ¿Viste el zeppelin que se prendió fuego? Bueno, lo simulamos en el laboratorio**)
Atmósferas/oceanografía: "¡¿Que estudiás quéeee?!" (No responden, se quedan en silencio con cara de hartazgo)
Paleontología: "Uuh dinosaurios" (reacción idéntica a la anterior)
Sean libres de proponer sus propias variantes de respuestas.
14.3.10
Gris
Con algunas personas pasa lo mismo. Se mueven en un abanico de actitudes lo suficientemente amplio como para que los demás no sepamos exactamente qué son. Como este Individuo Gris en particular. A simple vista uno podría confundírselo con un adolescente bien de un barrio acomodado de zona norte. Ropa cara y con etiquetas, zapatillas de marca. ¿Comprar algo en una feria americana, puestito o bolishopping? ¡Horror! Jamás podría usar eso, a ver si se agarra alguna enfermedad. Es muy consciente de la imagen que proyecta, así que sólo frecuenta los que, según él, son los lugares más exclusivos de la ciudad. Sólo se deja ver acompañado de gente como él, así, "de calidad". La natural consecuencia de esto: un marcado desprecio a lo que el llama "negros visheros", y a cualquier cosa que pueda ser asociado con ellos*.
Pero, como ya aclaré antes, este espécimen es gris. O sea que, según el día, también hace blanco de su odio a los "chetos" (utilizo palabras textuales), alejándose así de la pulcra imagen construida a fuerza de salidas exclusivas y ropa de primeras marcas. Y ahí, como diría mi madre, muestra la hilacha.
Porque debajo del desprecio por cualquier cosa que signifique bajo presupuesto, se esconde un ser estancado en la década del 90. Su único propósito es la ostentación. Su fin es ser visto. Y en ese afán de notoriedad, equivoca el camino, aunque haya empezado correctamente. Cree que salir a Palermo es top, pero va a lugares con poca clase (en especial uno ubicado sobre avenida Juan B. Justo, tristemente célebre en programas vespertinos). Se va de vacaciones a la costa para lucirse, pero lo hace en San Bernardo. Cuando adquiere algo nuevo, no se fija en cómo le sienta, o si le gusta, sino que busca que la etiqueta sea lo más grande posible. Y lo que es peor, se enorgullece de su vida vacía y trata de evangelizar a los demás, tratándoles de "ratas" o, directamente, de "visheros".
Jamás buscará superarse. Menos que menos alimentar su espíritu. Es de los que creen que los libros muerden, que encontrarse con gente distinta a uno es una pérdida de tiempo, porque total yo soy mejor, que "saber inglés es de chetos" (txt) y una larguísima fila de etcéteras. Pero lo más triste, es que no se da cuenta de que esa forma de ver las cosas tiene más de lo que él les critica a los negros, que del magnate potentado que pretende ser.
14.4.09
Las máquinas de calcular
En criollo, esta es la clase de gente que cree que la bondad de una persona es directamente proporcional al precio de su casa y que la inteligencia va de la mano con la cuota del colegio privado. No tienen paz si no saben exactamente de dónde sale la plata de cualquier persona. Y una vez que se alzaron con estos datos, hasta son capaces de ir al supermercado con esa cantidad a ver si de verdad puede comprar todo eso con ese sueldo.
Para ellos, las cosas no se dividen en lindas-feas o útiles-inútiles, sino en caras o baratas. No se privilegia la calidad, sino el precio. Cuanto más caro, mejor. Por esta razón es que no son capaces de disfrutar algo por su valor intrínseco, nada que sea gratis sirve para ellos. Y si por una de esas magníficas alineaciones de planetas quedan cautivados por algo que es gratis, inmediatamente se ponen a calcular cuánta plata sacarían si cobraran entrada.
Esta gente existe y está en todas partes cual plaga. El año pasado fui a ver Les Luthiers al teatro, y allí también me los encontré. En la fila de adelante mío había un venerable señor (por no decir un viejo de mierda) que se puso a calcular cuánto ganaban por función y el total de las ganancias al final de la temporada. Llegó a la importante conclusión que, si sus cálculos eran correctos, a esa altura los cinco grandes ya deberían ser millonarios. Desubicado. Primero, porque sus cálculos sí eran incorrectos. Segundo, porque Les Luthiers están más allá de todas estas consideraciones. Y tercero, porque no me dejó disfrutar del espectáculo en paz. ¡Te odio, viejo calculador!
16.3.09
Brevísimo paseo por el gym
El chico esteroides es un espécimen común. Demasiado. Todo gimnasio que se precie debe tener uno en exhibición. No sólo porque de algún retorcido e indescifrable modo le da status al lugar, sino porque prácticamente cubren todos los gastos con la plata que el chico esteroides les deja cada mes. Y así se repite el patrón hasta el infinito, pesas-espejo-más pesas, hasta que algun día los músculos dicen basta. No sabemos qué pasa exactamente después de eso, nadie ha vuelto a ver a un chico esteroides después de un colapso.
En fin, pero mientras eso no ocurra, el chico esteroides disfrutará de la familiaridad que le otorga un pase preferente al salón de musculación mirando con desprecio a cualquiera que no se comporte de acuerdo con su estilo de vida, y lascivamente a las chicas que sí lo hagan, aunque no lo lleven al extremo de la perfección (encarnada por él, por supuesto).
Cabe preguntarse qué distingue a un espécimen de esta raza de un concurrente regular al gimnasio. Es simple: en algún momento de su vida el futuro chico esteroides decidirá que su masa muscular no es suficiente y caerá en un pozo depresivo, del que sólo saldrá consumiendo anabólicos (ok, y puede ser que algunas cosas más también). Así, "feliz" y musculoso, seguirá su camino por la vida, ignorando que esas simpáticas pastillitas tienen una ley similar a la de la conservación de la materia: no es que se agrande, el tamaño sólo cambia de lugar.
15.2.09
¡Levantá los pies por favor así barro!
La característica principal de estos animales es la hiperactividad. Son capaces de levantarse a las seis de la mañana para lavar la vereda, aunque ya lo hayan hecho el día anterior a las 20.30. También es común verlas tomar el desayuno rápido para terminar de lavar las tazas más temprano. En casos extremos, pueden llegar a sacar de la cama a los que están durmiendo para hacerla y "dejar todo ordenadito".
Ellas no conciben una sobremesa un domingo después de una comida pantagruélica. ¿Es que acaso están locos? No me puedo quedar sentada. ¿Que no se dan cuenta de que hay muchos platos y fuentes para lavar y si no lo hago yo nadie lo hace? Aquí involuntariamente (pensaba hacerlo más tarde) he llegado a otras características: la victimización y la incapacidad para delegar. Nadie ayuda a esta esclava a hacer de su hogar el paraíso de la limpieza. Los chicos no ordenan después de jugar y Jorge cada vez que cocina hace un enchastre. Así no se puede. Sin embargo, paradójicamente, estas mujeres ansían tomarse un respiro de su tortura doméstica diaria. Salta a la vista que nunca lo hizo y nunca lo hará. Su obsesión puede más que su cansancio.
La máxima felicidad que conciben estas mujeres es, algún día, planchar toda esa pila de ropa; y su utopía es tener todo (pero absolutamente todo) ordenadito, como muestran en esas casas que les sacan fotos para las revistas de decoración. Y así pasan su tiempo, intentando concretar un ideal que es precisamente eso, un ideal, y por lo tanto jamás va a ser real.
*Digo esclava por el simple hecho de que casi todas son mujeres. He conocido varios amos de casa, pero por suerte entienden que el caos es el orden natural del universo.
(aaahhh, extrañaba mi zoológico. Mi primer texto largo en más de un mes, no saben lo que me costó)
20.1.09
Dibujos, dibujos, dibujos (parte 2)
X-Men. Eran violentos sin ser violentos y me traen muy lindos recuerdos. Levantarme temprano, esperar a que la antena agarrara el canal de Uruguay que los transmitía, y sentarte a disfrutar de la vida...
16.1.09
Dibujos, dibujos, dibujos
Aristóteles dijo, allá lejos y hace tiempo, que la virtud es el justo medio, el equilibrio entre dos vicios: uno por exceso y otro por defecto. Y tenía razón. Los extremos no son buenos. Menos si se trata de admitir placeres culposos, como un gusto por los dibujos animados. Infantiles, claro está. En mi camino he encontrado mucha gente con distintas actitudes al respecto, que van desde la negación absoluta a un ridículo infantilismo, acompañado con miedo a crecer. Para Aristóteles, ésos serían los extremos. Detengámonos en ellos por un momento.
En esta esquina, ¡la negación! (aplausos). Fácil, muy fácil de reconocer. Es esa gente que ante la más pequeña mención de una caricatura salta como si hubiera descubierto que aplastó un sapo al sentarse. "¡No! ¿Qué es eso? (cara de asco y de superación) ¡Yo no miro eso! Es más, ¡nunca lo miré ni lo pienso hacer!". Como digas. El caso es que apenas llega a su casa, se relaja, se descalza y prende la tele. Y mira todo aquello de lo que renegó en público. Cartoon Network, Nickelodeon, Disney Channel, Jetix... es insaciable, hasta podría llegar a ver Retro a la hora que pasan dibujos. Ya relajado y contento, se va a dormir. A la mañana siguiente, se pone el traje, ajusta su máscara de persona seria que no ve dibujitos y se va a continuar con su vida pública, sabiendo que a la noche estarán los Padrinos Mágicos esperándolo para alegrarle el día.
Y en la otra esquina, ¡el eterno niño! (aplausos). También muy fácil. Es el pelotudo que te dan ganas de matarlo porque está todo el día rascándose las soberanas pelotas y lo único que hace es ver tele. Eso, sumado a un alarmante grado de vagancia y mezclado con una pizca de nene consentido, da como resultado al eterno niño que tenemos el orgullo de presentarles. Este, en lugar de saltar porque aplastó un sapo, salta de felicidad cuando alguien menciona la palabra "dibujitos". Porque, al igual que el negado, se los vio todos. Todos, todos.
Y arbitrando esta pelea... todo el resto. La gente normal (como yo, uuuhh tengan miedo, si siguen leyendo esto van a terminar tan normales como yo, muajajaja), que no tiene ningún pudor en admitir que mira dibujos animados, que se aguanta las risas de los del bando de los negados, pero que no lo anda sacando a relucir. No se crean, no somos tantos oficiando de réferis.
Ahora, que corra sangre (¿?). Para la próxima, un listado de mis dibujos animados preferidos. Ya está demasiado largo este post.
21.12.08
¡Chupame esta lechuga!
Repito, no me enojan los que son vegetarianos por una convicción interna o por cuestiones religiosas, porque generalmente sus ideas son tan firmes que no necesitan exhibirlas a los otros, esos sacrílegos comedores de carne. No están predicando todo el tiempo lo bien que se sienten ahora que del asado no prueban ni el olor, ni lo livianos que están desde que suprimieron todo animal de su dieta. Los vegetarianos no molestos se dirigen al salad bar o piden empanadas de verdura sin hacer alharaca. Y ya.
Ahora, los vegeterianos molestos me producen lo que ninguna crisis ni partido de fútbol me produjo o me producirá jamás: me sacan. Empezaré por los motivos por los que se hicieron "verdes". En primer lugar se encuentran los que dicen que sólo comen verduras porque "es más sano". Falso, ignorante animal, y paso a explicarte el porqué. Seguramente no fuiste al médico a que te dé un plan de alimentación balanceado. Claro, si con sacar todo lo que viene de animales alcanza, ¿no? No. Acabás de quedarte sin tu mayor fuente de proteínas y no la has reemplazado. ¿Consecuencias? Serás un pelotudo debilitado (recordá que no tenés proteínas) y que encima se cree especial. Además está bien, tendrás menos colesterol, pero la de los químicos que le ponen a las verduras no te la contaron, ¿no? Esa es peor. Yo que vos empezaría a mirar con más cariño al costillar...
Después están los que se hicieron vegetarianos por una divina intercesión. Esos que de un día para otro y a efectos de quién sabe qué decidieron que los vegetales eran ricos, y ahora los consumen en exclusividad. Estos también se creen especiales, por eso le exhiben su vegetarianismo a cualquiera que pregunte, y de paso al que no lo haga. Su latiguillo es "No, soy vegetariano", con énfasis en la última parte de la oración. Generalmente esta subespecie está compuesta por esas personas que siempre quieren estar en la cresta de la ola, aunque más no sea una olita playera. Además, esta clase de vegetarianos son los que más quieren evangelizarte y convencerte de las virtudes de los vegetales, muy superiores a las de la carne.
Igual, los que me parecen más detestables son los que se hacen vegetarianos para "proteger a los animales". A ver, paren las rotativas y traigan nuevas conexiones neuronales para aquí, por favor. El mundo no va a salvarse porque protejas una vaca que nace, se reproduce y muere (o la matan) en cautiverio. El ecosistema no se resiente porque maten una vaca, ya que se cría casi con el fin único del consumo humano (en el mundo occidental). Sí, es cruel y eso no lo discuto, pero hay otras crueldades peores y más prioritarias que las vacas. Aparte déjense de joder, seguro que defienden eso y ni se enteran de que están desapareciendo millones de hectáreas de bosques porque boludos como ellos desperdician papel, como seguro tampoco deben saber que con eso ponen en riesgo las vidas de millones de animales, llevándolos al borde de la extinción. Y ésos, estimados míos, no se crían en cautiverio.
Me da la sensación que este post me pinta como una mujer antiensalada. No es así, pero estos fanáticos sacan lo peor de mí.
11.12.08
Visitas al zoológico: el ciber
El animal más fácil de hallar es el vicioso. Características: ojos rojos, velocidad en la mano derecha y reflejos ultradesarrollados, producto de horas respondiendo a estímulos externos. Si algo te produce a vos como observador, esto es una sensación de invariabilidad y estabilidad, porque no importa qué es lo que hagas de tu vida, él siempre va a estar sentado en su máquina habitual hasta el fin de los tiempos. Constituye también uno de los grandes misterios de la humanidad, junto con quién construyó realmente las pirámides: nadie sabe si duerme, o en su defecto cuándo lo hace.
Otro de los más comunes es el voyeurista. No va al ciber a jugar a los jueguitos o a colgarse en el msn o a ver porno. Él va a ver qué hacen los demás. Es el que para la oreja cuando usás el micrófono, el que mira de reojo la página en la que estás, el que te lee los mails o incluso el que te da su opinión sobre esos dilemas tan importantes que tratás por msn. Este odioso es el que produce la denominada "alergia al ciber", que afecta a todos los felices poseedores de una conexión a Internet en su casa o trabajo.
El pajero. Qué decir de él, salvo que elige un lugar público para hacer algo que la mayoría de la gente hace en la tranquilidad de su hogar. Desagradable. Identificable porque en un determinado momento sus manos van a lugares poco decorosos, y porque generalmente tiene el volumen al mango en los auriculares, así que si lo tenés al lado escucharás los gemidos y sabrás a qué te estás enfrentando.
En cuanto a los grupos de gente en la misma pc, no sé por qué, pero terminan siendo casi siempre adolescentes con risas estridentes y poco sentido de la ubicación. El voyeurista se hace un festín con ellos, ya que con un mínimo esfuerzo se puede enterar de la vida y obra de todos ellos y hasta de sus parientes y amigos. Digo "mínimo esfuerzo" porque hablan a los gritos.
Y para el final, mi ídolo: el de la caja. No siempre son simpáticos, a veces hasta te cagan a puteadas, no te dan pelota o te tienen años esperando una computadora, pero si trabajan ahí, merecen toda mi admiración.
9.11.08
Mi familia. Y la tuya, y la tuya, y la de aquel... (volumen 2)
La familia está compuesta de personajes odiosos, detestables, horrorosos. Y de los otros, los ridículos, los graciosos, los simplemente tiernos. Y continuando con mi teoría de que las familias son todas iguales, aquí, los estereotipos que no por ser comunes los queremos menos.
Siempre, en todas las familias, hay una abuela, o una tía mayor, o una amiga de la familia que cocina espectacularmente bien. Casualmente, es la que persigue a todo el mundo al grito de “¡estás muy flaco/a, comé algo!”. Nada es suficiente para esta artista de los postres, que no acepta un no como respuesta. Para ella, la frase “estoy a dieta” es el peor de los insultos, y no descansará hasta encontrar la forma de quebrar la resistencia del que se está cuidando.
El fanático de la política es un clásico es toda reunión familiar. Generalmente es de filiación peronista, pero no siempre. Se caracteriza por defender a ultranza hasta lo indefendible, proclamando a los cuatro vientos que su partido es el mejor, sin importarle que mientras dicho partido estuvo en el gobierno vació hasta lo que ya estaba vacío y le sacó jugo hasta a las rocas. Mantenerse alejado de este espécimen cuando habla de política, pero recomendamos disfrutar de su compañía cuando no lo hace, ya que normalmente es un limado muy simpático, con la habilidad de hacer reír a cualquiera.
Luego, la infaltable madraza. La que controla que los nenes no estén desabrigados (aunque los nenes tengan 25 años), que vuelvan temprano a casa, que no hagan lío ni se ensucien y que traigan amigos a jugar a casa (repito, aunque los nenes tengan 25 años). Nunca en su vida disfrutó una reunión familiar, porque vive relojeando que sus críos estén en óptimas condiciones y no molesten a nadie.
La nueva generación también se las trae. Entre ellos se pueden distinguir varios patrones de comportamiento. Están los que el día anterior se levantaron a las siete de la mañana a correr 5 km, a la tarde se fueron a jugar al fútbol y a la noche salieron a bailar, y todavía tienen energías y ganas de romperle las pelotas al prójimo*. Su contracara son los que no se levantan nunca antes de las siete de la tarde, se cuelgan a la computadora hasta las doce, hora en que salen a tener vida nocturna, y al otro día están cual trapo de piso viejo. Entre los más chicos, los opuestos están representados por los que te juegan al fútbol al lado de la mesa (o aún peor, al lado de la parrilla, con lo que el asado corre serio riesgo de ser condimentado con pasto, barro y microbios de la pelota) y los que se envician con la consola. En ambos casos, se recomienda no interrumpirlos, caso contrario se exponen a un pelotazo vengador o a una patada en las pantorrillas.
Esta es la parte adorable que todas las familias tienen. Con variaciones, pero al final son todas iguales.
*Gracias Xélor
8.11.08
Mi familia. Y la tuya, y la tuya, y la de aquel...
Próximamente, los estereotipos graciosos. Estos son el producto de la combinación fatal entre mal humor y detestable reunión familiar.
En las reuniones familiares, la fauna humana puede ser apreciada en todo su esplendor. Los tipos humanos están más claramente delineados, porque no hay ningún tipo de jerarquía establecida. En las reuniones familiares somos todos iguales, mal que nos pese. Por eso es que las peleas más grandes y las mentiras más descaradas tienen lugar en el seno de la familia, para inventar una posición superior que sabemos inexistente.
Cada casa es un mundo, pero a la larga son todos iguales. Siempre existe un chupasangre, el que en la adolescencia pide plata para salir, cuando está en la universidad manguea para fotocopias, una vez que la abandona pide para “armarse un negocio” y se la juega en el casino, etc., etc., porque los ejemplos son infinitos como la desfachatez de este espécimen.
También está el que la tiene chica (metafóricamente hablando) y necesita demostrar que la tiene más grande que todos los demás juntos. Su casa siempre es la más grande, la más linda y (fundamental) la más cara. Su auto es el más nuevo e hizo más viajes que nadie, pero siempre a un all inclusive en algún recóndito lugar del Caribe. Sin embargo, no gastó su plata en cultivar su intelecto, cosa que salta a la vista después de conversar treinta segundos con él. Por esa razón le enrostra a todo el mundo su dinero, porque no tiene nada más de lo que alardear.
Luego, el/la infaltable “el/la que tiene muchas/os minas/hombres”, según el caso. Este personaje es públicamente repudiado por toda la familia. Nadie quiere tener nada que ver con él o ella, pero inexplicablemente, todo el mundo está al tanto de hasta el ínfimo detalle de sus conquistas. Es la vergüenza de los mayores y la deidad de los más pequeños.
Otro de los animales estrella de este zoológico es el envidioso. Generalmente aspira a ser como “el que la tiene chica”, pero se olvida de que él es un laburante más, que para alimentar a su familia y darle algunos gustos tiene que trabajar ocho horas por día cinco días a la semana (cuando no más). En cambio, su ídolo vive de las ganancias de algún ilícito cometido hace mucho tiempo atrás y no tiene que preocuparse por cosas tan vulgares como llegar a fin de mes. Por eso es que el envidioso se apreta el cinto, se priva de muchos lujos, para poder cambiar el auto o irse de vacaciones a un spa en Brasil, acercándose así un poco más a su modelo en la vida.
El marginado brilla con luz propia en medio de estas estrellas. Nadie sabe qué hace, cuáles son sus gustos, es más, nadie sabe a qué va a esas reuniones, porque nadie le habla. Todo intento de conversación con él se queda en eso, en intento, cuando su interlocutor se topa con su mirada fría, cargada de desprecio por los mortales comunes. Al igual que el exitoso con las mujeres/exitosa con los hombres, nadie lo soporta, pero todos hablan de él. Mantiene unida a la familia, porque es el único tema sobre el que todos están de acuerdo.
Y cómo olvidarse de la inútil. Mujer madura, que vive de su marido, sin ninguna capacidad para nada, con suerte con el secundario completo. Desconoce un libro, una biblioteca, un teatro y cualquier otro género musical que no sea lo que pasan en la radio. Cada palabra que entra por sus oídos rebota por las paredes de su cráneo vacío y se transforma mágicamente en una sarta de pelotudeces que emergen de su boca. Sí, el cuerpo humano es una máquina asombrosa, mis pequeños.
Por eso, el que dice que no hay nada como su familia, se equivoca. Creeme, hay tantas familias como la tuya...